Turismo en Malvinas: los visitantes llegan por los pingüinos, no por la bandera británica

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Facundo Pereyra
pingüinos

Durante la temporada 2024-2025, las Islas Malvinas recibieron 71.278 pasajeros de cruceros, la tercera cifra más alta desde que existen registros. Para una población permanente de apenas 3.465 habitantes, según las estimaciones de mediados de 2026, el dato resulta llamativo: en una sola temporada llegan más de veinte visitantes por cada persona que vive en el archipiélago. Entre octubre y marzo, cuando se concentra la actividad turística, desembarcan en promedio unos 475 pasajeros por día. En un lugar del tamaño de Stanley, donde vive buena parte de la población de las islas, el movimiento se siente.

Lo que vienen a ver

Los números dejan pocas dudas sobre qué atrae a los visitantes. De los 136 cruceros que arribaron durante la temporada, 103 hicieron escalas fuera de Stanley. La mayoría de las excursiones estuvo vinculada a la observación de fauna: el 24% de los pasajeros visitó Saunders Island y el 20% New Island, dos de los puntos más conocidos por sus colonias de pingüinos, albatros y otras especies del Atlántico Sur.

Las encuestas realizadas entre los propios viajeros muestran algo similar. Solo el 3,2% afirmó que las Malvinas eran una parada indispensable al elegir el crucero. Otro 46,5% las consideró un destino importante dentro del recorrido, aunque no necesariamente la razón principal para embarcarse. Eso coincide con la lógica de la mayoría de las rutas turísticas de la zona. Para muchos pasajeros, las islas son una escala camino a la Antártida o parte de un itinerario por la Patagonia. Lo que buscan es naturaleza, paisajes abiertos y vida silvestre. No viajan miles de kilómetros para ver símbolos británicos ni para conocer una experiencia política particular.

La cuenta de un turista que baja unas horas

Cada pasajero de crucero gastó en promedio cerca de 80 libras esterlinas durante su paso por las islas. Como la estadía en tierra rara vez supera las cuatro horas y media, el gasto total de este segmento alcanzó unos 5,5 millones de libras en toda la temporada. Los turistas que pasan la noche representan un fenómeno distinto. Fueron alrededor de 2.700 personas, pero cada una gastó en promedio 204 libras por noche y permaneció unas dos semanas. En conjunto dejaron cerca de 6,9 millones de libras. El dato es revelador: más de 71.000 cruceristas generaron casi el mismo ingreso que menos de 3.000 visitantes que se alojaron en las islas. El turismo de masas aporta volumen; el turismo de estadía larga deja dinero.

Una versión pequeña del problema que viven otros destinos

Cuando se habla de saturación turística, suelen mencionarse ciudades como Venecia, Barcelona o Dubrovnik. Venecia, considerada un caso emblemático de sobrecarga turística, recibe cerca de 5 millones de turistas al año para una población de apenas 50.000 habitantes en su centro histórico. La proporción es impactante: aproximadamente 100 visitantes por cada residente en el transcurso de un año. Las cifras de Malvinas son mucho menores, pero el efecto local tiene ciertas similitudes.

La mayoría de los desembarcos se concentra en Stanley, una comunidad de alrededor de 2.000 habitantes, y ocurre en apenas seis meses del año. No sorprende que algunos residentes hayan expresado incomodidad por la prioridad que reciben los pasajeros de cruceros durante la temporada alta. Es la misma tensión entre la vida cotidiana y la industria turística que existe en muchos destinos del mundo, aunque aquí ocurre a escala de una pequeña localidad del Atlántico Sur.

El factor argentino

Entre los visitantes que permanecen varias noches, los argentinos fueron uno de los grupos que más creció durante el último año. Su número aumentó unos 27,4% y llegó a 558 personas. Al mismo tiempo, son quienes registran las estadías más cortas, con un promedio cercano a seis noches. En muchos casos no se trata únicamente de turismo. Hay visitas familiares, vínculos personales y relaciones construidas durante décadas entre las islas y la Patagonia continental. Porque más allá de la disputa política, existen historias compartidas, movimientos migratorios y lazos familiares que sobrevivieron al conflicto de 1982 y que siguen conectando ambas orillas hasta hoy.